martes, 23 de septiembre de 2008

Una historia de la mili


Esta historia lleva acompañándome en mi vida desde los 18 años y es increíble el poder de recuerdo que gracias a una conversación simple tenemos. ¿Cuántos archivos tendremos realmente en la cabeza sin utilizar?

Pero bueno, vamos al tema de hoy. Déjame que te cuente primero la anécdota. Algunas personas recordarán que en España teníamos servicio militar obligatorio hace años y que todos los jóvenes varones cuando llegaban a su mayoría de edad sufrían un tremendo parón en sus vidas por prestar un servicio a su país. Para mí una enorme pérdida de tiempo, así que yo, como muchos pudimos saltarnos la "mili" gracias a las prórrogas por estudios (y a que los dos últimos años y ya sin prórrogas, al estado se le olvidó llamarme a filas, pero eso es otra historia) Como decía, los jóvenes intentaban librarse por lo que fuera, por alergias, por pies planos, por estar gordo... Y tras una prueba médica, si alegabas algo similar, te hacían pasar un reconocimiento mucho más exhaustivo en la que un tribunal médico te decía finalmente si eras apto o no.

Situados en el escenario propicio, esta es la historia de Luis Menor, un buen amigo de la infancia que había desarrollado un plan perfecto para librarse de la mili, o como muy bien el explicaba, lo mejor es aparentar una dolencia difícil de comprobar por sus aparatos y así lo hizo, alegó sordera.

Durante semanas se estuvo preparando y el resto de amigos ya estábamos cansados de sus típicos "¿qué has dicho?" o que fuésemos por una calle y al decir algo se hiciera completamente el loco. Nos cabreaba mucho, pero el día que se fue a las pruebas médicas, en el fondo, todos deseábamos que Luis lograse el no apto y mientras estábamos estudiando y otros trabajando, nos llamábamos (aun los móviles sólo iban en maleta) a nuestras casas o a los fijos del trabajo. Sin poder ir al baño no fuese a pasar que nos perdiéramos la llamada...

Mientras tanto Luis entró en la consulta del dcotor militar:

- Buenos días, usted es Luis Menor, ¿verdad?

- ¿Qué? - contestó Luis

Lo cierto es que siempre que recuerdo esta historia pienso en la valentía de Luis y la sangre fría en ese momento (Hay que decir que si te pillaban mintiendo, ibas directo al servicio militar, entrando desde el calabozo y creándote muchos superiores enemigos).

- Parece ser que tienes problemas de audición - siguió el médico

- Es que no le oigo bien de este lado - dijo Luis mientras giraba la cabeza

El doctor comenzó con sus habituales pruebas, sacó sus aparatos y tras no encontrar nada, dijo en voz alta y mirando a nuestro amigo a los ojos:

- Siento decirte que creo que tienes un daño interno irreparable, ya que no hay nada externo que imposibilite la escucha.

- No, si yo quitando por el pequeño zumbido de las mañanas, lo demás lo llevo bien - contestó Luis sin inmutarse y con un aplomo impresionante.

El doctor negó con la cabeza y se dirigió a la mesa pensando "pobre chaval, tan joven y con este problema..." Sacó su pequeña hoja de notas e indicó a Luis muy despacio y en voz alta que se iba a dirigir al despacho de al lado a por "la blanca" (nombre con el que se conocía a la famosa carta que te daba "la libertad")

Cuando el doctor cerró la puerta, la sonrisa de Luis no le entraba en la cara. Sabía que todo el trabajo había merecido la pena y que su ingenio había conseguido librarle de tan farragosa obligación. Ya imaginaba cómo nos llamaría y cómo nos contaría entre risas y cañas la divertida experiencia, podía incluso ver nuestras caras y por supuesto, las de aquellos que sí iban a incorporarse al ejercito próximamente...

De repente el doctor abrió de nuevo la puerta y Luis, que estaba sentado de espaldas a ella giró su cabeza para comprobar quien era... Un gesto instintivo, un acto involuntario que le costó dos meses de mili y una fabulosa anécdota.

En ocasiones no es sólo importante definir y visualizar el objetivo, si no trabajarlo hasta su consecución plena. Nunca dejes algo a medias si crees en el resultado. Ninguna bola de nieve sube una ladera.

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